1 ago. 2014

Yves-Alexandre Thalmann: Las virtudes del poliamor

Yves-Alexandre Thalmann, plantea al inicio de su libro "Las virtudes del poliamor. La magia de los amores múltiples", unas preguntas muy interesantes: ¿Por qué tanto odio en el amor? ¿Es diferente el amor que debería unir a una pareja del que se conoce como amor universal? ¿Cómo puede ser el primero sin el segundo? El autor se declara enamorado del amor, y ahí empieza discernir respuestas en base al poliamor.

A continuación, unos apuntes que he extraído y resumido de su cautivadora obra:

El modelo de amor romántico se basa siempre en historias de (únicamente) dos. Los terceros quedan excluidos. La fuerza del amor nos impulsa hacia una sola persona y excluye a todas las demás, en una deliciosa fusión casi autista". De ahí que la regla sea la exclusividad. Pero en la práctica no es así. Nuestra propia orientación sexual traiciona esta realidad: ser heterosexual u homosexual, ¿no es sentirse atraído por las personas de uno u otro sexo? (...) El amor, grande o pequeño, con «a» mayúscula o minúscula, sea el proyecto de una noche o de una vida, no impide que esas atracciones sigan produciéndose. El amor no impide el amor (...) Nos debería llamar la atención que el matrimonio sea un contrato oficial y que los votos de fidelidad para toda la vida deban pronunciarse delante de testigos: la exclusividad amorosa no es ni evidente ni fácil, es una palabra, no tiene nada de natural. En consecuencia, el número dos no tiene un lazo natural sino cultural con el amor.

El autor anuncia la agonía de la monogamia, en toda relación amorosa exclusiva, oficial o no, y la acusa de llevar en su seno gérmenes como la prostitución, el adulterio y la violencia. El adulterio es el reverso de la moneda de la exclusividad amorosa predicada por la sociedad (...) la presión que obliga a los compañeros amorosos a vivir en un mundo cerrado sólo puede exacerbar la violencia latente. Además, la obligación de la monogamia cataliza las frustraciones, impidiendo encontrar fuentes de placer ajenas a la pareja (...) se trata de transformar la idea del amor exclusivo en un amor inclusivo, capaz de englobar a más de dos personas (...) los lazos conyugales y los lazos afectivos externos a la pareja no son incompatibles, pueden ser vividos simultáneamente y dentro del respecto a cada uno.

El poliamor no es:

  • Monogamia serial. El serial lover es el modelo predominante en Occidente. Se trata de personas que aman a numerosas parejas, pero de forma sucesiva, es decir que rompen una relación antes de empezar la siguiente (...) todavía se adhiere al mito del amor romántico exclusivo.

  • Poligamia. Sistema social en el que no todos los individuos tienen los mismos derechos, pues se favorece a un género, mayoritariamente al hombre, en detrimento del otro. La poliginia (un hombre casado con varias mujeres) y la poliandria (una mujer casada con varios hombres) no aparecen juntos en la misma sociedad (...) Los numerosos suplicios infligidos a las mujeres adúlteras (y sólo a ellas) son testimonio de esa dominación [machista]: lapidación (Oriente Medio), inmersión en agua hirviendo (Japón), aplastamiento entre dos piedras (China), amputación de la nariz y las orejas (indios de América del Norte), marcaje con hierros al rojo vivo, etc.

  • Las relaciones extraconyugales, o infidelidades, que se viven frecuentemente con preocupación y engaño. Generalmente producen vergüenza y culpabilidad en el miembro de la pareja que las mantiene, y cólera, tristeza y rencor en el que las sufre.

  • El libertinaje, y su forma estructurada, el intercambio [También señalado por el término swinging], tiene como objetivo ampliar la vida sexual de la pareja pero con la condición de no enamorarse de otros. Se diferencia del poliamoroso pues este último no concibe que su compañero sean de su propiedad.

Al contrario, las formas que puede adoptar [el poliamor] sólo tienen por límite la imaginación, siempre que esté asegurado el respeto al otro (...) Algunos poliamorosos, sin embargo, insisten en la fidelidad hacia sus parejas y lo consideran un valor superior a la libertad. Se habla entonces de polifidelidad. Así, algunos poliamorosos polifieles no pueden catalogarse paradójicamente como pareja abierta porque viven varias relaciones simultáneas, pero como si fueran matrimonios de orientación exclusiva, es decir, prohibiendo las aventuras pasajeras (...) para designar a los compañeros poliamorosos, Françoise Simpère habla de «amigos-amantes» mientras que en Estados Unidos se ha creado el neologismo «sexualover» (...) su especificidad reside en la no exclusividad amorosa.

Dice G. Kretschmann que la verdad es un atributo del amor (...) Los poliamorosos son conscientes de la importancia de conocerse uno mismo y confiar en uno mismo (...) Esta búsqueda de respeto lleva a los poliamorosos a una franqueza en la comunicación que con frecuencia falta a los amantes tradicionales. Más que esconder, falsificar, mentir o engañar, corren el riesgo de la verdad y no temen exprimir lo que están viviendo según su conciencia (...) El respeto al otro también consiste en no decidir en su lugar qué puede entender o no, es confiar en que sepa gestionar sus propias emociones. La verdad y la franqueza son preferible, aunque puedan herir en el momento, que la mentira y la traición, que son mucho más venenosas a largo plazo.

Una parte de misterio es esencial para mantener el deseo: volverse transparente es lo mismo que ser invisible (...) Cada persona se pertenece a sí misma durante todo el tiempo y, en consecuencia, es totalmente libre de actuar como quiera. Para [los poliamorosos], el amor preserva la libertad, no la coarta (...) No podemos olvidar que la sociedad occidental se fundamenta en el derecho a la propiedad: mi casa, mi terreno, mi coche, mi trabajo, mi mujer, mis hijos e incluso... mi amante.

¿Cuantas condenas amargas sobre el modo de vida de los demás están dictadas en realidad por el temor de saberse como ellos o por una envidia no declarada? (...) ¿Estaré a la altura? ¿soy deseable? Al demonio de la comparación le encanta introducirse en el lecho de los poliamorosos. El poliamor no es una solución milagrosa a los problemas de la vida y el amor. De hecho, no es ni siquiera la solución a ningún problema. Se trata de un estado de hecho para ciertas personas que aspiran simplemente a vivir en paz sus ideales, a resguardo de las opiniones negativas de la sociedad.

Si uno ve el amor como una cantidad, es indudable que amar a muchas personas implica una merma de la parte de cada uno. Eso es lo que algunos llaman el argumento de la economía del hambre: la proporción de uno influye sobre la parte del otro y la disminuye. Pero, ¿el amor es asimilable a una cantidad? ¿No es más bien una calidad, una manera de ser, de sentir y de dar? (...) Como dice Visctor Hugo a propósito del amor materno: «cada uno tiene su parte y todos lo tienen por entero». Los testimonios de los poliamorosos demuestran que el amor que viven con sus diferentes parejas repercute sobre las demás. El enriquecimiento que significa el contacto con cada una resulta en beneficio de todas, de la misma manera que la calidad de pensamiento que adquiere un estudiante de diferentes profesores es perceptible en todas las materias: ha ganado en madurez (...) Es más, el compromiso no es una cuestión de número, sino de estado de espíritu (...) Si pudiera elegir, ¿preferiría de verdad pasar todos los momentos posibles con su pareja, con el peligro de aburrirse o enfadarse y para finalmente no apreciarla en su justo valor? ¿O pasar menos tiempo en su compañía pero que cada encuentro sea como una fiesta?

El poliamoroso da una gran importancia a la fidelidad, es decir, a la confianza y a la responsabilidad. Para él es muy importante expresar claramente lo que siente a las personas con las que se compromete (...) el poliamoroso es, muy a menudo, más fiel que el amante monógamo, que no duda en desplegar mentiras y secretos para no inquietar ni herir a su pareja (...) ¿Cómo confiar en una persona que afirma que nos amará siempre, sabiendo que no tenemos poder sobre el amor, ni sobre su aparición, ni sobre su desaparición? (...) «¡Por qué diablos voy a renunciar a mi libertad para agradar a alguien!». En definitiva, la traición a uno mismo mata el amor. Antes de dirigirse hacia los demás, la fidelidad debe aplicarse de forma imperativa sobre uno mismo: ¡la fidelidad bien entendida empieza por uno mismo!

La vida en pareja no es siempre fácil. Por esa razón algunos quieren tener otros compañeros para escapar a las dificultades. En ese caso sería efectivamente una solución fácil. ¡Pero ése no es el proyecto del poliamor! (...) como estoy insatisfecho con mi pareja, ya sea en el campo sexual, de la ternura, de la comunicación, del deseo o cualquier otro, voy a buscar otra cosa. Esos comportamientos no traen consigo ningún regocijo. Como los problemas encontrados no se han resuelto, se tiene todas las posibilidades de reproducirlos con cualquier otra persona. Además, se trata de una falta de respeto hacia esta otra persona, a la que se utiliza únicamente para satisfacer una necesidad más que considerarla como un ser humano en toda su dignidad (...) El poliamor no sirve para dar felicidad a personas infelices, sino para procurar más felicidad a los individuos que ya se sientes cómodos en su piel.

Pedir que todos los favores sexuales y todos los lazos afectivos de una persona estén reservados, para siempre, a otra persona, es el fundamento del egoísmo. Ahí también las bases de la posesividad que lleva a los celos (...) Según S. Chaumier: «El deseo se construye sobre la carencia, pero no es posible basar un amor sobre la carencia porque ¿cómo carecer eternamente de lo que uno tiene?» (...) la insatisfacción no es la razón por la que [los poliamorosos] se abren a nuevos amores, sino la afinidad. Su motivación para establecer relaciones es menos una cuestión de necesidad (suplir una carencia esencial) que de deseo (de aumentar la felicidad). El poliamoroso no le dice a su pareja: «Ya no me llenas, me aburro contigo», sino: «Aunque estoy bien contigo, también tengo el deseo de descubrir nuevos horizontes».

Según Michael Lobrot «El pervertido sí que es exclusivo». El fetichismo es una perversión sexual en la que la excitación está subordinada a la presencia obligatoria de un objeto, el fetiche. en consecuencia, se podría decir que el amante exclusivo es un fetichista de su pareja, porque sólo siente excitación en su presencia (...) Por el contrario, el poliamoroso se atreve a reintroducir la dimensión sensual así como la ternura en las relaciones humanas.

A. Phillips, comenta: «Siempre habrá alguien que me ame más, que me comprenda mejor, que me haga sentir más sexy. Ésa es la mejor justificación que se puede encontrar a la monogamia... y también a la infidelidad» (...) Mientras que el enamorado adopta una lógica sustractiva, el poliamoroso se atiende a una lógica aditiva (...) El riesgo más importante está relacionado con la pasión amorosa. bajo su impulso, el cerebro humano se inunda de hormonas y de procesos bioquímicos que lo llevan a pensar de forma diferente, en espeial en términos de exclusivdad: sólo tiene ojos, oídos y sentimientos para la persona amada y las delicias que le procura su presencia. La pasión amorosa es, en consecuencia, la fase más crítica para el poliamoroso. Por ello, más que sucumbir a sus quimeras -que, como hemos visto, son un mecanismo evolutivo para incrementar las posibilidades de supervivencia de los recién nacidos- será consciente de que ese período, por muy excitante que sea, no puede durar. Con el fin de no lamentar las decisiones basadas en lo efímero, las pondrá en cuarentena y las considerará con una cierta prevención, de la misma manera que una persona sensata no tomará una decisión importante después de haber bebido varias copas de vino (...) Nunca un poliamoroso digno de ese nombre te dirá: «Te dejo porque he encontrado al hombre (o a la mujer) de mi vida» (...) Su máxima no es «hasta que la muerte nos separe», sino «hasta que la vida nos separe» (...) Por eso no es conveniente para los frágiles de corazón.

«En los celos hay más de amor propio que de amor», dijo La Rochefoucauld (...) La pérdida de lo que es nuestro es el motor de los celos [al contrario de la envidia, que se basa en el deseo de algo de lo cual se carece]: no podemos tener celos de lo que nunca hemos tenido (...) Los celos florecen allí donde flaquea la autoestima. Se nutren de la falta de confianza en uno mismo y de la desconsideración personal. El celosos no deja de compararse desfavorablemente con los demás.

Alimentar una relación con contactos, actividades comunes, discusiones, intercambios, repartos, es una condición sine quan non para su supervivencia. Si uno no quiere sólo la supervivencia, sino el crecimiento de la relación, la energía invertida debe ser proporcional (...) En definitiva, el verdadero lujo es la capacidad de escoger conscientemente un modo de vida que nos convenga, más que aceptar el que nos intentan imponer por todas partes.

Según L. Lamy «El único amor desinteresado es el que ni siquiera exigiría la presencia del ser amado» (...) Como detestamos que se restrinja nuestra libertad, buscamos instintivamente este obstáculo. Ese fenómeno lleva el nombre de reactancia psicológica: cuando un obstáculo nos impide obtener cualquier cosa, reaccionamos deseando eso que nos impide el paso. El mejor ejemplo es el juguete que se disputan sistemáticamente dos niños que juegan juntos (...) Esta limitación implica un problema aún más profundo no podemos otorgar libertades a una persona si no detentamos un poder sobre ella, o nos pertenece. Entre individuos iguales, la cuestión ni se plantea. Si recibimos la autorización para hacer algo, es que no somos libres para decidir por nosotros mismos (...) En las parejas monógamas, la posesividad latente puede aparecer de una forma aún más sutil: la sumisión libremente consentida. El amante promete de sí mismo, sin ninguna obligación, incluso sin pedírselo, que restringirá su libertad sexual por amor. Y sobre todo para asegurarse que su pareja haga los mismo. Se trata, pues, de un intercambio de libertades, o más bien de obligaciones; en cualquier caso, un trueque (...) Para los poliamorosos [la libertad sexual], se utilice o no, es la expresión misma del respeto que se testimonian mutuamente.

Los poliamorosos disponen de una mayor libertad para mostrarse tal como son. También se benefician de una fuerza y una confianza en sí mismos acrecentadas, pues tienen conciencia de que son apreciados por lo que realmente son, y no en virtud de una imagen que proyectan al exterior (...) Más que de identidad [de uno mismo], habría que hablar de mosaico identitario [según la expresión de Serge Chaumier] (...) Cada uno de nosotros es diferente, es decir, muestra otra faceta de sí mismo, según las situaciones y las personas. No es que cambiemos una máscara por otras, sino que el contexto propicia que resale un aspecto preciso del conjunto que nos habita.

Así, una interacción sostenida y prolongada con otra persona renueva algunas facetas de nosotros mismos, las activa y las vuelve aparentes. Si lo que descubrimos es placentero, nos sentiremos bien en la relación y desearemos perpetuarla. Esa relación nos proporcionará un sentimiento de seguridad, porque nos devolverá siempre la misma imagen de nosotros mismos, lo que se convertirá con el tiempo en nuestra identidad. La identidad, en el sentido habitual del término, no es nada más que la cristalización de ciertas facetas de nosotros mismos, o la reducción de todas las posibles a algunos rasgos manifiestos.

Las relaciones amorosas son evidentemente las más determinantes, en razón de su misma identidad, para esa tarea de identificación. Somos lo que somos principalmente a causa de la imagen que proyectamos sobre las personas que nos aman, de la interacción que tenemos con ellas. [El amante exclusivo] poco a poco, se convierte en lo que su pareja ve en él. Los psicólogos hablan de un efecto de mimetismo (...) Las relaciones múltiple tienen el poder de resquebrajar las cristalizaciones identitarias y de dejar que emerja todo el abanico de diversidad posible en cada uno (...) el poliamor abre las puertas a una libertad última, la de no seguir siendo uno mismo, es decir, seguir demasiado identificado con la imagen que uno ha hecho de sí mismo.

El Amor con A mayúscula:

  • El Amor es un movimiento expansivo. Se derrama hacia el exterior a la vez que engrandece el interior. Hace que desaparezcan los límites entre el interior y el exterior. El Amor es, en consecuencia, lo contrario al miedo que genera un movimiento de contracción, que encoge, encierra y empobrece. La cesión y la aceptación son su naturaleza, mientras que el miedo se nutre del deseo de controlar.

  • El Amor es por naturaleza globalizador, incluyente más que exclusivo. Se enriquece a medida que crece y que encuentra más seres a los que amar. Tiende hacia la universalidad. Un amor que excluye otros amores, ya no es amor. El amor que excluye el amor, no es Amor.

  • El Amor revela más una cualidad que una cantidad: no disminuye porque se otorgue a muchos, no se puede dividir, ni fraccionar. En tanto que cualidad, se amplifica y se afina en la diversidad. El amor sentido por uno tiene que reflejarse forzosamente sobre los demás. Todos los seres amados ganan con lo que reciben: nadie sale perjudicado.

  • El Amor es único. No existen muchos amores, aunque pueden existir muchos objetos del amor y muchas formas de vivirlo. Siempre es el mismo movimiento, la misma cualidad, o la misma energía, a imagen de la luz: cuando se enciende una segunda bombilla en una habitación no hay dos luces; sencillamente la luz se ha vuelto más intensa. La unicidad del Amor lo vuelve infraccionable y, paradójicamente, impersonal.

A nivel subjetivo, el Amor se traduce frecuentemente como disposición, plenitud, gratitud, alegría y un don incondicional, pues nunca dice "te amo si...", sino "te amor aunque...". Al amar más, los poliamorosos aman mejor, es decir, de manera más desinteresada. En especial, dejan de acusar a los demás de sus propias faltas, porque esas faltas tienen la tendencia a aparecer ante diferentes compañeros.

La primera etapa para superar los celos consiste en ir a encontrarlos, más que en negarlos (...) La única manera de modificar un sentimiento es empezar por reconocerlo y aceptarlo. Eso permite asumirlo y descubrir los elemento que lo integran. Para los celos, se trata de un temor doloroso de ser reemplazado, de ser abandonado, y para los que alimentan un deseo de exclusividad, de ser engañado y desposeído (...) Atreverse a formular sus demandas (...) Una vez revelados dichos pensamientos, hay que analizarlos y evaluarlos en función de su grado de veracidad (...) El celoso desea ante todo unirse al máximo con su pareja, y tener la seguridad de que no va a abandonarlo o a engañarlo, pero consigue todo lo contrario con su tendencia al control, a la vigilancia y a los interrogatorios. El celoso acaba obteniendo lo contrario de lo que desea, y esa toma de conciencia le puede ayudar a cambiar sus comportamientos [sus imágenes mentales] (...) Todos los miedos responden a la misma lógica: disminuyen cuando nos enfrentamos al objeto que produce el temor, pero se amplifican cuando lo evitamos.

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